Por Cristina Gayol

Comenzamos un 2023 con incertidumbre en el horizonte tal y como confirman las previsiones. La guerra entre Rusia y Ucrania y sus devastadoras consecuencias, la escasez energética asociada a este conflicto y la creciente inflación a nivel internacional derivada de estas contingencias geopolíticas copan las informaciones e inundan de preocupaciones a las organizaciones que deben navegar este escenario.

Un contexto de guerra con consecuencias imprevisibles y vaivenes constantes que afectan a la economía mundial y trastocan el optimismo empresarial. Además, la escasez de materias primas que afecta principalmente a la producción de microchips y la creciente sensibilidad por el cambio climático y sus posibles soluciones hacen que las organizaciones se replanteen su manera de proceder. La innovación se plantea no ya como un mecanismo para generar nuevos productos, sino como una herramienta para hacer frente a posibles crisis y salir de ellas con más fortaleza.   

Recesión económica global, el mayor riesgo

De este modo, el Informe de Riesgos Globales 2023 presentado en enero en el seno del Foro Económico Mundial (FEM), vaticina algunos de los retos y desafíos más acuciantes para la sociedad internacional en este año y, como no podía ser de otro modo, la inflación y el crecimiento del coste de vida asociado, han encabezado este listado de ‘preocupaciones’.

Contrastan con esta unanimidad algunas de las opiniones escuchadas en este Foro ya que, mientras unos se decantan más por una recesión global y, con ello, un escenario de inquietante incertidumbre; otros como Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), ven “cierta mejora, ya que la situación no es tan mala como se temía”. En la misma línea de optimismo contenido se pronunciaba también Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), en la charla Perspectivas económicas mundiales: ¿Es el fin de una era? asegurando que “estamos mejor, lo cual no significa que estemos bien: hemos sufrido el tercer crecimiento más bajo en diez años y la confianza está en riesgo permanente”.

La posibilidad de una recesión global y el planteamiento de un futuro incierto se convierten en el caldo de cultivo perfecto para otro de los grandes riesgos a los que, según el FEM, podríamos tener que hace frente en los próximos tiempos: las ‘policrisis’.

¿El ‘fin’ de la globalización?

Estas policrisis o el riesgo de múltiples crisis simultáneas, viene determinado por la profunda interconexión de distintos aspectos de la vida económica y social que la globalización ha traído a nuestros tiempos. De este modo, la guerra entre Rusia y Ucrania ha puesto de manifiesto la dificultad de muchos países para acceder a ciertas materias primas o la dependencia energética que algunos de ellos tenían de determinadas regiones exógenas.

Como resultado, algunas potencias optan hoy en día por políticas nacionales de proteccionismo que podrían poner en jaque el camino de la globalización seguido hasta ahora, según algunos expertos de distintos organismos como el Barcelona Center for International Affairs (CIDOB). Línea de pensamiento en la que también se ha debatido en la ponencia ‘Perspectivas económicas mundiales: ¿es el fin de una era?’ del FEM.

En este sentido, la Administración Biden ha planteado recientemente su ‘plan de subsidios verdes’ a empresas (algo más de 340.000 millones de euros) con motivo de la Ley de Reducción de la Inflación, aprobada en agosto de 2022, que tiene como objetivo la creación de inversiones masivas para la transición energética y considerables subsidios para vehículos eléctricos, baterías y energías renovables de producción estadounidense.

Un plan que podría iniciar una ‘guerra comercial’ entre EE UU y las empresas del viejo continente llevando a estas últimas a sufrir una discriminación que Europa parece no querer permitir.

Si hace escasos días el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, y su homólogo francés, Emmanuel Macron, coincidían en la necesidad de una reacción unitaria europea a este respecto, desde Bruselas se ha manifestado la misma inquietud con el convencimiento de que estas políticas podrían ser desleales y saltarse las normas de la Organización Mundial del Comercio.

«Para mantener el atractivo de la industria europea, es necesario ser competitivo con las ofertas y los incentivos disponibles actualmente fuera de la UE», sostenía Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, en Davos. Por eso Bruselas presentará dentro de unas semanas un plan de reforma temporal para las ayudas públicas nacionales previstas para contrarrestar este tipo de políticas. Esto se hará, «con modelos simples de desgravación fiscal. Y con ayuda selectiva para plantas de producción en cadenas de valor estratégicas de tecnología limpia, para contrarrestar los riesgos de deslocalización causados por los subsidios extranjeros«, señalaba Von der Leyen.

Creciente brecha de desigualdad

La crisis de alimentos, de combustibles y el cada vez más elevado coste de vida son, según el Informe de Riesgos Globales 2023, algunos de los factores que, previsiblemente, seguirán acentuando esta brecha de desigualdad y su impacto en todo el mundo. De este modo, las economías más frágiles y vulnerables afrontan severos riesgos como una creciente deuda pública, las consecuencias del cambio climático o la falta de seguridad alimentaria entre su población.

Fuente gráfico: Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (© FAO).

Una crisis económica que podría convertirse en humanitaria en muchos de los casos planteando un desafío sin precedentes para el conjunto de las potencias mundiales. Según este informe, en los próximos 10 años serán cada vez menos los países que puedan invertir en crecimiento para el futuro, tecnologías verdes, educación o sistemas de atención sanitaria. Si esta brecha de desigualdad continúa, dicen, la capacidad para amortiguar este ‘shock global’ se está reduciendo considerablemente.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), 222 millones de personas en el mundo están experimentando niveles elevados de inseguridad alimentaria aguda y casi una de cada cinco tiene dificultades para acceder a alimentos suficientes a diario, situaciones acentuadas por los conflictos y la inestabilidad política internacional.

Desigualdades económicas que también tienen que ver con el desarrollo de tecnologías emergentes (IA, computación cuántica, biotecnología, etc), proyectos que solo podrían permitirse aquellos países con mayor riqueza y capacidad de inversión mientras que, para aquellos que no puedan, las desigualdades seguirían creciendo.

La preocupación por el clima

La mitigación del cambio climático y sus consecuencias siguen siendo uno de los mayores desafíos a corto y largo plazo. Según desgrana el informe y como se ha confirmado en el encuentro del Foro Económico Mundial, el apartado ambiental depara retos y desafíos globales para los próximos 10 años para los que tampoco estamos especialmente bien preparados.

La falta de un progreso avanzado en los objetivos climáticos pone de manifiesto la evidencia contundente entre el gran salto que suponen las indicaciones científicas sobre cómo se debería actuar, en contraposición con lo que es políticamente factible alcanzar.

En este sentido, el Acuerdo de París ha establecido como meta el máximo de 1,5° C o 2° C de calentamiento global para mantener los efectos del cambio climático en un umbral asumible. Esto significa que, para 2030, las emisiones mundiales deben reducirse un 45% con respecto a los niveles de 2010. Indicaciones que, según un informe presentado en la última Cumbre del Clima (COP27), celebrada en noviembre de 2022 en Egipto, no son alcanzables incluso aunque se cumplieran completamente los planes de reducción de emisiones presentados por los países firmantes ya que, por la senda actual, estaríamos en camino hacia un incremento del 10,6% de las emisiones para 2030. Es por eso que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) concluye que estos ‘esfuerzos’ siguen siendo insuficientes.

Fuente: Organización de las Naciones Unidas, documento ‘Nationally determined contributions under the Paris Agreement’

En la misma línea se manifiesta el Grupo Internacional de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) quien, en su último informe, según las peores previsiones, estima que a finales de siglo podríamos alcanzar un incremento de hasta 4,4° C, lo que podría acrecentar la intensidad y gravedad de fenómenos meteorológicos extremos.

Según se advierte en el encuentro del FEM y en el informe de riesgos globales presentado por este organismo, la demanda de recursos público-privados para paliar los efectos de otras crisis, como la guerra actual que se está librando en suelo europeo, reducirían la velocidad de mitigación y los esfuerzos de los países contra el cambio climático al centrar su atención en otros frentes.

La palabra más escuchada en Davos: resiliencia

El horizonte de un mundo cada vez más fragmentado y volátil se hace patente en esta declaración de riesgos, pero si hay una palabra que más ha podido escucharse en este encuentro, esta ha sido sin lugar a duda ‘resiliencia’.

Resiliencia mundial, resiliencia europea, innovación para la resiliencia empresarial… queda claro que si algo ha demostrado la irrupción del Covid-19 y la concatenación de sucesivos acontecimientos internacionales, como la invasión de Ucrania, es que sociedad, gobiernos y empresas deben desarrollar su resiliencia en un mundo en constante cambio.

Esta palabra ha tenido incluso un panel propio de debate en el Foro de Davos bajo el nombre Reconectando el mundo para una mejor resiliencia. Preocupa la forma de afrontar o ser capaces de prever ciertas situaciones adversas y cómo estos distintos actores sociales pueden hacer frente a estas y recobrarse de la forma más rápida.

El coste de no desarrollar una correcta resiliencia ante posibles crisis es, según el FEM, de entre un 1% y 5% del crecimiento anual del PIB mundial. En el Consorcio de Resiliencia creado por este mismo organismo en agosto de 2022, se señala que “frente a los ciclos continuos de disrupción, los países y las empresas han comenzado a diseñar planes de resiliencia y, la inversión en infraestructura en este aspecto emerge como esencial para impulsar las agendas económica y climática”.

Cada vez son más las compañías que apuestan por la innovación basada en la resiliencia organizacional, procesos de mejora y adaptación al cambio que podrían aumentar la resistencia e incluso el crecimiento en condiciones adversas de aquellas empresas que los implementen.

En cuanto al capital humano, el reskilling y el upskilling (mejora continua de formación y capacidades de los empleados) se evidencian como procesos básicos para el alcance de la deseada resiliencia, pero en cuanto al nivel corporativo esta debe implementarse de forma integrada en toda la estructura de la organización.

En este sentido, inversión en infraestructura, sistemas inteligentes, tecnologías verdes, educación y capacitación son los pilares básicos que una compañía o empresa debe impulsar para aumentar su resiliencia organizacional facilitando así un crecimiento inclusivo y sostenible.

Aquellas compañías que, ante cambio o disrupción, se queden ‘paradas’, mientras otras siguen innovando y avanzando en resiliencia, quedarán obsoletas más temprano que tarde. La ambición por la innovación constante se perfila ya imparable.