Con 800 paneles solares en la cubierta y una cometa que ondea a 150 metros de altura, el barco Porrima, que ha dado varias vueltas al mundo, es «una prueba tecnológica de lo imposible». La afirmación es del emprendedor, pensador y economista belga Gunter Pauli, propietario de esta embarcación autosuficiente.

La energía solar se utiliza para propulsar el barco durante el día, recargar las baterías que permitan navegar por la noche y producir hidrógeno verde que se almacena como excedente. Por su parte, la cometa se controla automáticamente gracias a inteligencia artificial para aprovechar al máximo el viento. Además, en su travesía para concienciar sobre la «necesidad de acelerar la innovación», el barco se está equipando con un sistema para filtrar microplásticos y una solución para localizar tortugas con ultrasonidos, ambos inspirados en mecanismos naturales.

Porrima supone además una demostración en el agua de la economía azul, un concepto concebido por Pauli en su libro homónimo publicado en 2010 y traducido a decenas de idiomas. En esencia, promueve que las empresas y la sociedad se inspiren en la naturaleza para sacar el máximo partido a los recursos disponibles, regenerar los ecosistemas y vivir en armonía con el planeta. Una definición que se asemeja al de economía circular y que difiere, aunque esté relacionada, con la de economía azul como forma de aprovechar los mares y ríos como motores económicos.

Asesor de la Universidad de las Naciones Unidas en Japón en la década de 1990 y miembro del Club de Roma, una entidad de expertos que intenta encontrar soluciones a los problemas globales, Pauli no solo es un gurú de la sostenibilidad, sino que durante su vida ha dado ejemplo de cómo hacerla tangible.

Comenzó a defender la importancia de las fábricas cero emisiones y cero residuos hace tiempo. ¿Considera que se ha avanzado lo suficiente en los últimos años?

Tuve la visión de que todas las fábricas debían funcionar sin emisiones y desechos y concebí la primera ya en 1991 [la empresa de detergentes ecológicos belga Ecover]. Ahora se hacen grandes declaraciones de que las emisiones cero llegarán en 2030 o en 2050, pero no tiene ningún sentido. Es demasiado tarde, lo necesitamos ya. Como emprendedor e inversor, no entiendo por qué se fijan las metas a largo plazo. El tiempo para la transición [energética] se acabó, pero la tecnología ya está disponible.

Ahora bien, conseguir emisiones cero en Barcelona puede ser más complicado que en El Hierro: con una cometa no se puede proporcionar energía a una gran ciudad, pero con unas cuantas sí puedo conseguir la necesaria para una isla de unos 10.000 habitantes. La innovación de pequeña escala tiene un impacto profundo.

¿Qué combinación de fuentes de energía renovable considera que sería la idónea para avanzar que la transición energética sea viable?

La única manera de hacerlo es asegurarnos de que las fuentes de energía son menos costosas. No se puede sustituir la energía nuclear o el petróleo por la eólica, pero lo que me tengo que preguntar es para qué utilizo esa energía. El debate está demasiado centrado en la fuente energética y no tanto en el servicio que ofreces con esa fuente. Nos tenemos que enfocar en los mercados donde hay más necesidad básica, porque ahí es más importante hacer el cambio. Por ejemplo, los generadores diésel que se utilizan para generar agua potable en las pequeñas islas podrían sustituirse por cometas.

Cada caso tiene solución, pero muchos obstáculos están impuestos por el ser humano, por las normas y los estándares del mercado. En teoría, la energía solar es la más barata hoy en día, pero olvidamos que son necesarias costosas baterías.

Por otro lado, se dice que el hidrógeno es el futuro, cuando el hidrógeno es presente. Se argumenta que es costoso, pero es la manera en la que se genera la que es costosa. Nosotros utilizamos energía gratuita para producir hidrógeno en el propio barco: eliminando el coste del transporte, conseguimos un hidrógeno con un precio supercompetitivo.  Tenemos que olvidarnos de que algo es más costoso porque es más sostenible. Al contrario, en muchos casos es más barato y tiene un impacto ecológico menor.

Si recomienda centrarse en casos particulares y empezar por lo básico, ¿cree que sectores con un gran impacto medioambiental y que no satisfacen una necesidad fundamental, como el de la moda, deberían ser los primeros en transformarse?

Es obvio que nuestro deseo de recurrir a la moda rápida no es una necesidad. El problema principal de la moda no es la química ni los microplásticos, sino el agua que se consume y la energía que se requiere para bombearlo. Por eso, tenemos que preguntarnos, ¿quién ha resuelto este problema mirando a la naturaleza? China considera que la fibra de las algas marinas será uno de los grandes materiales del futuro porque no requiere agua y se cultiva en agua salada. Entonces, ¿por qué continuamos produciendo ropa de algodón?

Pero peor que la moda rápida son los pañales. ¿Cómo es posible qué pensáramos que la modernidad era utilizar tanta celulosa para fabricar pañales que desechamos? ¿Por qué cortamos árboles para eso?

¿Cuál sería la solución para ese problema, en su opinión?

Lo que tienes en la mano [la tarjeta de presentación de Pauli]. Eso es papel piedra, fabricada con desechos minerales.

Además de ser azul, ¿qué otros colores o conceptos cree que deberían definir la economía del mañana?

La felicidad, los colores no son tan interesantes como la felicidad. La gente ha perdido felicidad por todos los lados: sufren estrés, coronavirus, problemas laborales, ausencia de ambición, de entusiasmo… ¿Cuánta gente no se siente prisionera de su trabajo? El mundo sufre y por eso creo que la verdadera economía del futuro es la de la felicidad. Si tuviéramos una economía donde no contamináramos, con pleno empleo, resiliencia y donde se da valor a todo lo que tenemos alrededor de nosotros sería la felicidad. 

¿Debería de ser una economía con foco local?

Obviamente. El coronavirus nos ha enseñado que, si seguimos con este mundo fragilizado y globalizado, vamos a vivir crisis tras crisis y Europa va a ser un continente pobre. En Francia la renta per cápita ha descendido en los últimos años y en España el desempleo juvenil se mantiene muy alto. Las estadísticas no van en la buena dirección, por eso tenemos que pensar cuáles son las precondiciones para lograr un sistema que nos permita ser felices.